jueves, 4 de octubre de 2007

Origenes de la Masoneria

Si nos atuviéramos a lo que ciertos escritores han dicho sobre el particular nos encontraríamos con más de cuarenta opiniones diversas. Desde los que hacen fundadores de la Masonería a Adán, Noé, Enoch, Moisés, Julio César, Alejandro Magno, Jesucristo, Zoroastro, Confucio, etc., etc., hasta los que atribuyen dicha paternidad a los jesuitas, Rosa-Cruces, templarios, judíos, etc., etc., pasando por los magos, maniqueos, albigenses, esenios, terapeutas, etc., etc.
Sin embargo la realidad, y en este caso la verdadera historia, es mucho más sencilla. Las sociedades del orden que sean, religiosas, políticas, profesionales, económicas o comerciales, observaban antaño un ritual durante sus reuniones; tenían símbolos, programas y palabras de orden o contraseñas. En la Antigüedad y en la Edad Media, normalmente lo que se aprendía se tenía escondido. Así se comprende por qué era tan difícil, si no imposible, el pasar de una clase a otra, o incluso el cambiar de oficio. Estas asociaciones o sociedades correspondían a grupos o categorías sociales, y unos y otros, por interés o por miedo, solían guardar celosamente sus secretos. Asociaciones semejantes se formaron en todos los cuerpos de oficios. Y asociaciones de este tipo han existido siempre, y siguen existiendo en nuestros días, con gran variedad de colores, matices e ideologías, tanto políticos, como religiosos.
Pero pocos gremios del medioevo han tenido tanto influjo y repercusión en la historia posterior como el de los constructores, hoy día señalado de forma inequívoca como originario de aquella Masonería operativa, que posteriormente, a comienzos del siglo XVIII, daría paso a la actual Masonería especulativa, tan distante en sus fines, pero tan igual en sus ritos y ceremonias de Iniciación, en su nomenclatura y organización.
El gremio de los albañiles era uno de los mejor organizados y más exclusivos de la Edad Media. Alcanzar el puesto de maestro albañil equivalía a convertirse en una de las figuras más importantes del país. En Europa existió, con varias formas, una organización sumamente desarrollada de este oficio.
La Logia era un obrador y un refugio, y en ocasiones podía incluso ser un edificio permanente. De ordinario era una casa de madera o piedra donde los obreros trabajaban al abrigo de la intemperie, pudiendo contener de doce a veinte canteros. En realidad, desde el punto de vista laboral, era una oficina de trabajo provista de mesas o tableros de dibujo, en la que había un suelo de yeso para trazar los detalles de la obra. Desde el punto de vista administrativo, la Logia era también un tribunal, en el que el grupo de hombres que en ella se reunía, estaba bajo la autoridad del maestro albañil, quien mantenía la disciplina y aplicaba las normas del oficio de la construcción.
La construcción de grandes edificios públicos establecía vínculos de estrecha relación entre los artistas y los operarios durante el largo lapso de tiempo en que habían de convivir. Y así surgía una comunidad de aspiraciones estable y un orden necesario por medio de una subordinación completa e indiscutible. La cofradía de los canteros estaba formada por aquellos operarios hábiles que abarcaban por una parte los obreros encargados de pulimentar los bloques cúbicos, y por otra los artistas que los tallaban, y los maestros que eran los que dibujaban los planos.
Allí donde se acometían obras de alguna importancia se construyeron Logias, y a su alrededor habitaciones convertidas en colonias o conventos, ya que los trabajos de edificación duraban varios años. La vida de estos trabajadores estaba reglamentada por estatutos, cuyo fin principal era lograr una concordia completamente fraternal, porque para realizar una gran obra era indispensable que convergiera la acción de las fuerzas unidas